Por Jorge Turpo Rivas (*)
Desde hoy el mundo es más redondo y más divertido que el mejor juguete. Veremos a muchos niños empezar a dividir sus vidas cíclicamente, cada cuatro años. La primera vez de su primera vez. El primer Mundial. Uno entra a ese mundo y no sale nunca más de él. Los mundiales son como los cumpleaños bien celebrados, te marcan la vida.
Yo, por ejemplo, no recuerdo mi primer paso, pero sí mi primer Mundial. Tenía cuatro años cuando el mundo frenó en España 82. La imagen borrosa que guardo de ese torneo, no es de algún partido, sino de una celebración. Mi hermano mayor cargándome en sus hombros y saliendo a la calle a gritar un gol. Seguro el de ‘Panadero’ Díaz, en el empate con Italia.
Para México 86 ya tenía plena conciencia de que esa fiestita era mía, pero llegó la crisis a casa y no había televisión. Con Marco, mi hermano (mayor por un Mundial), empezamos nuestro peregrinaje por las casas de amigos de barrio para no perdernos ningún partido.
Allí mismo, frente a la pantalla del televisor de Villalás, un vecino flaco como Tribilín, me hice devoto de Maradona, mi único D10S desde entonces. A Marco, le gustó más el buen pie de Platini y la inteligencia del ‘Doctor’ Sócrates.
La “mano de D10S” y el mejor gol de los mundiales, ambos regalos del Diego, fueron la alegría más grande de mis ocho años de vida.
En los ciclos siguientes, llegó la dolorosa resignación de ver –una y otra vez– al Perú eliminado de los mundiales. Así nos curtimos ante la derrota. Soy de la generación incrédula, pesimista, de los jugadores sin alma, de las selecciones de estafadores como Pepe o Popovic, hasta de criadores de caballos como Maturana. También del sueño frustrado de Oblitas.
Y cuando me preparaba para cumplir cuatro años más sin Perú en un Mundial, llegó el milagro de Gareca desde el Río de la Plata. El destino existe en el fútbol. La gitanería, las cábalas: el jugador que nos sacó de México 86, nos clasificó –como entrenador– a Rusia 2018. Estaba escrito en una pelota.
Empieza el Mundial con Perú entre los 32 mejores equipos del globo y pienso en esos niños que serán levantados en hombros para festejar un gol, en todos los primerizos, en las vidas que cambia el fútbol.
Es que más allá de los autogoles de Vizcarra y los periodicazos del Congreso, la pelota rodará y once peruanos nos regalarán la fantasía de estar, 36 años después, en el primer mundo del fútbol mundial.
* Editor regional de RPP – Arequipa.
